jueves, 25 de diciembre de 2008

Los cuentos pueden dormir a los niños, si ha llegado la hora de dormir. También pueden despertar a los adultos, si ha llegado la hora de despertar...

Lo menos que puede decirse de Pinocho es que las aventuras no acabaron con su fabricación.

Cuando nuestra determinación educativa se ve respaldada por la incertidumbre de obrar por “su interés”, nos importa poco, a fin de cuentas, saber qué les interesa. Entonces abrimos paso a hachazos e imponemos y decidimos en su lugar.
Gepeto dijo “He pensado en fabricar, con mis propias manos, un bonito títere, que sepa bailar, manejar una espada y que sepa dar un salto mortal. Daré la vuelta al mundo con ese títere para ganarme mi mendrugo y mi vaso de vino”. Pinocho tenía las piernas entumecidas y no sabía usarlas, de modo que Gepeto lo sostenía de una mano y lo guiaba para que aprendiese a poner un pie delante del otro. Cuando tuvo las piernas bien desentumecidas, Pinocho empezó a andar solo y a correr por la habitación; y de repente, abrió la puerta, saltó a la calle y huyó…”

Pinocho, al final de su historia, reflexiona “¡Qué ridículo era cuando era un muñeco, y qué contento estoy de haberme convertido en un niño bueno”. Pero Pinocho no era tan ridículo cuando era un títere. Simplemente tenía problemas para vivir, “encontrar su camino” como decimos a veces, para “situarse en el yo” como deberíamos decir. Porque “situarse en el yo” no es fácil, en especial si se es un títere, un objeto fabricado por la mano del hombre e ideado, precisamente, para ser manipulado.

Pinocho era un títere y otros le tiraban de los cordeles… pero en realidad, estaba hecho de otra madera, de la madera de que estamos hechos todos. Así pues, Pinocho pasa toda su historia siendo manipulado. Pero en realidad, todas esas manipulaciones no tienen demasiada importancia. En el fondo, incluso, sólo son posibles porque Pinocho, en cierto modo, está manipulado desde dentro. Es prisionero de él mismo. Está encerrado en un dilema infernal que le induce siempre a prometer y a no cumplir lo prometido, un dilema que le impide, precisamente, “situarse en el yo”: complacer a los demás o complacerse a uno mismo (promete ir a la escuela, ser un niño bueno y acaba marchándose al País de los Juguetes). De este modo, se pasa el tiempo lamentando las faltas de cometido, autoacusándose de sus desgracias “Me está bien, ¡vaya si me está bien! He querido hacer el vago, seguir consejos de los falsos amigos, de gente mala, y por eso la mala suerte me persigue. Si hubiese sido un niño bueno, si hubiese tenido ganas de estudiar y de trabajar, si me hubiese quedado en casa de papá… ¡Si pudiera nacer por segunda vez…! Pero es demasiado tarde”.

Pero no se pude nacer por segunda vez, al menos eso es lo que dicen… porque en el final de la historia sí que aparece un segundo nacimiento: Pinocho se reencuentra con Gepeto en el vientre de la ballena. Gepeto se siente perdido y está muy asustado, pero Pinocho le dice a su padre “Sígueme y no tengas miedo…” Y aquí es precisamente donde ya no hay una competición de gustos: complacer a los demás o a uno mismo, dicidir y no cumplir...

Es entonces cuando se llega a una cosa extraña, algo así como la propia voluntad, “situarse en el yo”. Ahora ya no es sólo el “tú” de otra persona, dócil o rebelde, pero siempre dependiente; tampoco es el “tú” de uno mismo, que cede a la excitación del moemnto, que se autoconcede la ilusión de la libertad cuando sólo es prisionero de los impulsos inmediatos. Hay que salir del imaginario en el que nada es posible porque se piensa que todo es pisoble, y “situarse en el yo” es precisamente salir de todo eso, al menos por un momento. Porque “situarse en el yo” a fin de cuentas fue echar un vistazo a alrededor, olvidar por un instante los propios miedos y fanatsmas, pensar a fondo en lo que se hace, tragar saliva y… dar el paso: “Dame la mano, papá, y cuidado, no resbales”. Pinocho ahora ya no es un títere: no invoca fatalidad, no se echa a llorar, no incrimina a nadie, no llora su mala suerte, no se autoacusa inutilmente de ser “niño malo”… porque Pinocho ya ha crecido: ya no responde a las expectativas de los adultos y no tiene pánico por no dar la talla, ya no está encerrado en el balanceo infernal entre el buen alumno estudioso que complace a todo el mundo exhibiendo los resultados que se esperan de él, escapa a todo lo ya visto, de lo previsible, de lo que todos esperan: se atreve a un gesto que procede de otra aprte, es decir, que procede, en el fondo, de sí mismo… un gesto que no le es dictado por los demás, un gesto que no ha hecho nunca y que no sabe hacer, pero que debe hacer precisamente para aprender a hacerlo. “Súbete a caballito sobre mis hombros y sujétate fuerte a mí. Yo me encargo del resto”



El final del cuento también lo conocemos: “Pinocho fue a mirarse en el espejo y cryó ver a alguien que no era él. Ya no era la imagen acostumbrada de una marioneta de madera la que s ereflejaba allí, sino la viva imagen de un niño guapo e inteligente de pelo castaño, de ojos azules, de aire vivo y alegre…”

EXISTEN DÍAS EN LOS QUE LOS TÍTERES SE CONVIERTEN EN NIÑOS PORQUE ESCAPAN AL MISMO TIEMPO AL PODER DE SU EDUCADOR Y A LAS TRAMPAS DE SU IMAGINACIÓN… PERO EN EL MUNDO REAL NO HAY NI HADAS, NI BALLENAS GIGANTES QUE TRAGUEN PERSONAS, O AL MENOS NO A MENUDO. Y POR SUPUESTO, LA EDUCACIÓN NO LLEGA POR MILAGRO DE REPENDTE, UN DÍA, HAY QUE INTENTAR, CON OBSTINACIÓN, QUE VENGA EN LO COTIDIANO.

Y el primer día que lo intentemos y nos pongamos manos a la obra, ese será el día en el que la verdadera educación llegue y corte nuestros hilos de títeres.

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