miércoles, 31 de diciembre de 2008

Educadores maleducados

Hoy por hoy, al igual que ayer, estamos estancados en un sistema educativo que deja mucho que desear y nos da qué pensar, y por mucho que odiemos las lecciones y la foma en que están presentadas, el sistema está en pie, y parece que lo único que podemos hacer es rechinar los dientes y aceptarlo,y paar el mal trago lo más rápidamente posible.

Los jóvenes son rebeldes (unos más, otros menos, pero todos lo son...), pero la inmensa mayoría no se revela nunca: acepta el adoctrinamiento. Y esta docilidad determina que luego resulte más fácil adaptarse a nuestra sociedad materialista. Y así es como la sociedad del dólar se ransmite de generación en generación.

Y aunque suene raro, gran parte de esta culpa la tienen los padres, porque también ell@s se han convertido en seres moldeados que no tienen ni el coraje ni la pretensión necesarios para protestar contra un sistema escolar embrutecedor. Además, el mayor obstáculo que impide conceder la libertad en la escuela pública reside no sólo en las autoridades, que no creen en la libertad, sino en la mayoría de padres y madres que tampoco creen en ella. Demasiados padres y madres imaginan la escuela como un lugar donde se inculca disciplina a sus vástagos rebeldes. Y es que los más jóvenes somos víctimas de la organización que nos coloca en una categorá para simpificar lo más posible la tarea del maestro. Y de este modo las escuelas abolen la creatividad, haciendo que gran parte de los temas que se enseñan en la escuela impliquen una pérdida de tiempo, tiempo muy valioso para los jóvenes. Hoy todos los discentes experimentan la presión de las escuelas, todos saben que su futuro depende de la conquista de un diploma universitario.



Y es que todos sabemos, quien más y quien menos, que la producción en masa ha llegado para quedarse, tanto en el comercio como en la educación (¿o será la educación también un tipo de comercio?). Hay que vaciar a todos los niños y niñas en el mismo molde; hay que educarlos para que jamás discutan nada. Y si después ellos sufren en su interior, eso es algo que a nadie le importa. Lo único que vale es este sistema coactivo, para que tod@s piensen de la misma forma, vistan de la misma forma y hablen de la misma forma ¡Uniformidad ante todo! Y miles de menores indefensos lloran y se sienten desgraciados en sus escuelas-fábricas.



Siempre la misma historia: odio a mi colegio, los profesores hacen que todas las asignaturas sean aburridas, no aceptan respuestas que no vienen en los libros, imponen un cúmulo de normas estúpidas... Me parece a mí que muchos profesores odian su trabajo, odian a los niños y se odian a sí mismos, ¿cómo si no podrían triturar estas jóvenes vidas si no se tratasen de autoridades inmaduras y despreciables? ¡Y qué egocentrismo! El profesor de historia piensa que la historia es el eje del mundo: para él es lo único que cuenta. Y el profesor de geografía piensa que es más importante saber cuál es la capital de Madagascar que jugar al fútbol.

Y es que chocamos contra el sistema, que no sólo tolera a los maestros con pocas luces, sino que aparentemente los prefiere. La educación será puro palabrerío hasta que no poblemos los colegios de personas que les gusten y entiendan a los niños. Y es que un buen profesor es uno que ante todo, tiene sentido del humor, porque los niños interpretan el humor como cordialidad, falta de miedo; significa afecto por parte del adulto, y hoy día en la educación del niño no interviene casi el humor, un don inapreciable. El humor denota igualdad y se lo excluye directamente del aula porque es un elemento nivelador. El humor liquidaría el respeto-miedo qye exige el maestro, porque su risa mezclada con la de los alumnos no desentonaría, lo haría demasiado humano.
Un maestro sin sentido del humor es peligroso, porque el humor funciona como una válvula de escape. Si una persona no es capaz de reírse de una misma, se convierte en un muerto en vida, una de esas personas que van con la cara estirada a todas partes.

Alguien escribió una vez que la mayoría de las personas mueren a los 40 años, pero no los entierran hasta los 80.
La chatura y tedio de ciertas disciplinas escolares se transmiten a los maestros, y consecuentemente las escuelas se llenan de hombres y mujeres de mentalidad estrecha, vanidosos, cuyo horizonte está limitado por el pizarrón y el libro de texto.
Algún día regirán leyes sensatas en educación, pero ahora nos toca suspirar y soportar las idioteces que catalogan como educación.

La mayor tragedia reside en que los niños aceptan las pautas absurdas de las escueas, por lo que pagan un precio terrible: la pérdida de su libertad interior. Nuestras escuelas producen una raza de almas muertas que está a merced de los políticos, los señores de la guerra y los buscadores de lucro.

Así que ya saben ustedes, mandamases, harán lo que les plazca, seguirán con su fábrica de niños-robots y les importará un bledo lo que pensemos los demás. Pero hágannos un favor: Llámenlo como quieran, pero no lo llamen educación.

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